Silvia Álvarez Curbelo presenta Entre violencias en Casa Norberto

Muerte y resurrección del secreto:  mi lectura de Entre Violencias

(Presentación de Entre Violencias (2017) el día 16 de marzo de 2018, San Juan de Puerto Rico)

            Silvia Álvarez Curbelo

Escuela de Comunicación, Universidad de Puerto Rico

 

Confieso que en un primer momento me sorprendió la invitación de Madeline Román de presentar esta colección de ensayos que edita y compila para Editora Educación Emergente.  He seguido con mucho agradecimiento intelectual el trabajo que ha realizado el Seminario de Violencia y Complejidad en los últimos años y participé en las sesiones maravillosas a cargo de Mark Seltzer, pero no he estado incorporada de manera regular a esa mesa de reflexión.  Quizás esta presentación sirva para mitigar mi ausencia.

Por otro lado, he estado escribiendo textos propios y analizando críticamente textos ajenos en presentaciones y publicaciones que abordan, quizás no los temas puntuales que se manejan en Entre Violencias, pero sí sus nudos conectores. Como algunos de ustedes conocen, la guerra y las narrativas políticas y culturales que la constelan han sido un tema recurrente en mi trabajo. También la arquitectura y por supuesto los medios que constituyen uno de los lugares de mi pedagogía y de mi investigación. Por lo que pienso que la mesa está servida para que hoy celebremos desde un encuentro de miradas oblicuas –como los bunkers de la Muralla Atlántica que examina Maribel Ortiz– los “estados de violencia” discutidos en el libro.  Que avistemos sus cercanías y distancias con escenarios intelectuales y experienciales que autores, lectores y presentadora compartimos, con grandes dosis de incertidumbre y aprehensión, como corresponde –no podría ser menos– a tiempos de catástrofe.

 

De la invitación a presentar paso a la invitación que hace Madeline Román a leer Entre Violencias en la Introducción. La clave de lectura –nos dice– es abrirse a la dialogicidad de saberes como forma de producir conocimiento sobre la violencia a la altura de la complejidad y de los tiempos. Invitación que no se puede resistir. Y no lo voy a hacer. Sólo adhiero asteriscos a sus elementos fundamentales:

  1. el concepto complejidad ha sido objeto de denostaciones recientes. Me parecen particularmente incrédulas aquellas que se asocian a propuestas políticas nacionalistas o socialistas de viejo cuño que recelan de la complejidad por ser un caballo de Troya que le provee una coartada al imperio o maquillar la uber determinación del capital.
  2. los tiempos: Sean los del cólera de García Márquez o los binarios de la Guerra Fría o los de María, los tiempos son esencialmente polisémicos, significantes vacíos que densificamos con un arco que va desde la aurora al confín apocalíptico. Pero, a la misma vez, es cierto que los tiempos se tipifican, se les otorga perfil público y perfiles privados; derivan en lo que el chileno Martín Hophaym, denomina atmósferas –y en estos días he estado escribiendo sobre la traslación y la traducción de atmósferas a metáforas. En efecto, estamos en tiempos de complejidad, pero ¿cómo se percibe la complejidad?

¿Cómo nos apropiamos de ella? ¿Hablamos nosotros de complejidad porque ya contamos en el arsenal de filtros, con la teoría de la complejidad?

  1. la dialogicidad. Escucha y habla en intercambios, pero ojo: no exentos de tensionamientos ni tampoco caja de sastre donde todo cabe. Para Bajtin, el dialoguismo es discurso referido, discurso del otro, pero siempre en clave de carnaval, por ende, indeterminado, transitorio.

Con esos asteriscos que no son de descualificación sino –a riesgo del oxímoron– de iluminación de la opacidad, nos topamos con la propuesta del libro. Es sencilla:  la violencia renueva incesantemente sus sentidos y sus formas.  ¿Habrá –tras sus reencarnaciones, camuflajes y travestimos, una estructura semántica? Y me pregunto: ¿propone el libro una revisitación a un estructuralismo profundo a pesar de sus reclamos posestructuralistas? Un tema para pensar, quizás en la compañía de Levi-Strauss y un aromático ron.

La violencia acampa hoy en día en Puerto Rico. Toma la forma de un estado pasivo-agresivo, de desdoblamiento personal y colectivo.  Por un lado, resignaciones y claudicaciones forzadas, una espera sin temporalidad, una suspensión inanimada, criogénica; la carta de FEMA que el coronel aguarda todos los días sin que vaya nunca a venir.  Por el otro, un primitivismo brutal en las interpretaciones cotidianas, 17 millones de desvergüenzas crasas en el ejercicio de la responsabilidad pública; colonialismo desnudo apenas tapado con un rollo de Bounty presidencial; dislocaciones en las nociones de espacio y tiempo –las luces de tránsito no prenden y los calendarios universitarios se olvidan de la Navidad extendida que marca los semestres; rabia descocada en la más sencilla de las transacciones cotidianas; proliferación de los crímenes de palabra y de sangre.  Aunque Picó desde la otra orilla del Aqueronte me diría –como dijo en un discurso poco conocido cuando lo reconocieron como Humanista del Año, aunque él lo fuera de todos–, que la violencia en la forma de rapto, de expolio, de laceración de los cuerpos, campea desde los principios de nuestra memoria histórica.

Hablemos pues de la horca en la casa del ahorcado, de la violencia en una morada de violencias –como lo hacen ocho estupendas mujeres, de intelecto, de sensibilidad y de arrojo en este libro que nos convoca y que nos reclama.  Mujeres entre violencias rasgando y desenhebrando costuras no tanto para desnudar exteriores, sino para tener acceso a interiores violentamente camuflados.  Cuando lo lean se percatarán muy pronto de las huellas psicoanalíticas. De un psicoanálisis que funge como arma heurística y hermenéutica.  No me extraña y me trae recuerdos de un proyecto intelectual y de amistad de hace algunos años que se llamó El Cartel de la Calle Perú en el que desde lecturas renovadas y de nuestro continente (Braunstein, Apollon) del psicoanálisis, intentamos comprender los dolores profundos que aquejaban a la modernidad en la que habíamos nacido y que organizaba la gramática de nuestros conocimientos.

Y, por supuesto, en el psicoanálisis –en sus varias configuraciones– la violencia es compás ineludible. En su contribución, Amaryllis se vuelca contra el género mediático más pornográfico a pesar de que su programación se transmite en horario infantil: los programas de reality. Los casos cerrados de este mundo, las disputas por quién tiene la razón, la jueza Judy y demás engendros rentables del reality no son meros productos chabacanos y estéticamente desechables, sino un género de alta peligrosidad precisamente por su carácter banal, por su pulsión al strip-tease de emociones y miedos que invita a psicologismos y judicialismos espurios, de satisfacción instantánea.

Otra constante en el libro es la reflexión sobre el neoliberalismo. Este estadio del capitalismo es escrutado, por Madeline Román y Myriam Muñiz, como una escena del crimen, en la cual intervienen expedientes muy viejos de racionalidades extraviadas y antecedentes más jóvenes vehiculados por los medios de comunicación y las tecnologías de información. En esta revoltura de lo viejo y de lo nuevo radica mucha de fascinación que despiertan los ensayos: en el de María Isabel Quiñones, emergen en genealogía convulsa zombis que fueron alegorías políticas que reclamaban al Otro imperial y blanco el crimen de la esclavitud y zombis de nuevo cuño que desprovistos de empatía para percibir al Otro, se constituyen mediante alambrados tecnológicos solipsistas. Aunque, hay una interesante oferta de cine andino zombi de recuperación de las capas perdidas de la memoria comunitaria con cinematografía granulada y personajes al estilo Santo contra Blue Demon, políticamente densa pero perfecta para evadir censuras previas.

Por su parte, Maribel Ortiz otea el espacio liminal de la arquitectura desde los monolitos funerarios en la forma de bunkers que se erigen en la costa atlántica de Europa por los nazis.  Son la culminación de una arquitectura de eficiencia bélica que memorializa desde su misma construcción a su propia muerte, como lo hacen también sus campamentos de exterminio.  Son de larga duración y a la vez de articulación contemporánea, los fundamentalismos –nos dice Margarita Mergal.  Teocráticos y patriarcales, irredentos en su fobia a las mujeres; en su relación convulsa con el cuerpo; en los velos con los que cubren las “vergüenzas” de la identidad.

El pastiche neoliberal de mitos que nos regula y disciplina destila y genera vergüenzas, culpas, adicciones y terrores.  Referenciando a Zygmunt Bauman, Sonia Serrano, apunta al inacabado ciclo infernal entre seguridad y miedos.  Mientras más seguridades algorítmicas tengamos –como las que proporciona Amazon cada vez que abrimos su página con el “amable pero terrorífico” Hello, Silvia– más aumentan nuestros terrores y resentimientos. Marlene Duprey habla de una alquimia similar en su ensayo sobre el victimismo.  Por virtud de la deriva espectacular hacia la victimización, las fronteras identitarias entre víctimas y victimarios se disuelven en una sola máquina de dominación y control que convierte el duelo en foreplay de una guerra de retribución que habrá de producir más víctimas propiciatorias.

Una presentación no debe rebasar los confines de la invitación y de la incitación. Invito a que compren y lean este libro y que conversen en torno a sus propuestas y las iluminaciones –al decir de Walter Benjamin– que regala para que mirarnos a nosotros mismos y a nuestros escenarios de vida, trabajo y ocio.  En cuanto a la incitación, me tomo la libertad de hacer algunos comentarios y preguntas al texto y sus autores.

  1. Siguiendo a Yves Michaud, el libro recorre “estados de violencia” signados por sujeciones políticas, penuria, generalización de la precariedad y abandono de la vida de amplios sectores poblacionales. Entre Violencias se despliega como un arco de vida y muerte, pero donde esos extremos clásicos ya no son terminales, sino intermitentes.
  2. A pesar de ello, las grandes divisiones del libro remiten más a lo espacial y sus representaciones que a lo temporal: hay un cableado tecnológico que articula una sociedad de control; hay una cultura visual, un régimen de visibilidad organizado por los medios y unos muros culturales y físicos de contención. No obstante, hay historicidades, temporalidades importantes que significan –de manera más expresa en unos, implícita en otros– a los ensayos.

Una, las mutaciones del capitalismo y la modernidad por la “bestia negra” del neoliberalismo.  En el caso de Puerto Rico, se marca una cierta muerte del estado benefactor en su registro épico y su sustitución por el retraimiento de lo público, la privatización de las vidas, el elevamiento de la corrupción a gramática de Estado bajo el nombre de empresarismo y el regreso de los fatalismos.  Myrian refiere al pensador Byung-Chul Han y su concepto de psicopolítica: las subjetividades contemporáneas son producto de la explotación de la psique y del inconsciente, quizás el último reducto de soledad que quedaba.

  1. En las cronotopías de la complejidad, hay una primacía del ver sobre el saber. Opacado el orden referencial, el signo obsceno, la marca, la pos-verdad, el fake news, simulan rango epistemológico y ontológico, aunque eso poco importa cuando navegamos por Facebook como zombis, ¿quizás?
  2. Nos pensamos, organizamos nuestras vidas y socializamos en términos de las condiciones que compartimos. Esta cultura del trauma es anticipación diaria de muerte.
  3. Desde hace algún tiempo, muchos de los hijos del ELA se han rebelado contra su marca de tribu. Sienten vergüenza de su identidad de clase media y estigmatizan las instituciones de la modernidad como remedos carcelarios, entre ellas a la Universidad. La rebelión contra el padre siniestraliza la historia a partir de 1940.
  4. Escrita esta reseña bajo la atmósfera enrarecida del huracán María, Entre Violencias detona en mí una referencia ineludible: Mark D. Anderson en su libro Disaster Writing (2011) acuña el concepto “disastered subjects”.  Nosotros ahora somos los hijos del desastre.  Víctimas sin victimarios porque adoptamos el significante como nuestra identidad no como un estado de violencia (como sugiere Marlene Duprey a propósito del 11 de septiembre) y porque al otro lado del arcoiris solas y sin inmutar, reposan la impunidad y el fatalismo.
  5. Entre Violencias cartografía valiosas rutas para leer otros eventos contemporáneos. Enzo Traverso, entre otros, ha señalado cómo con el fin de la Segunda Guerra Mundial el discurso de las víctimas a manos de los totalitarismos se impuso por sobre el discurso anti-fascista, de una mayor complejidad y eficiencia interpretativa. El ataque a las Torres Gemelas y otros eventos, como la desmovilización militar de ETA en España o los procesos de paz en Colombia, han destacado el discurso de las víctimas frente a una referencia densa de los estados de violencia que son sus condiciones de posibilidad. Es un debate complicado que presenta muchas aristas, pero también muchas intersecciones. La valentía de este libro estriba en recalcar que la compasión no puede sustituir la tarea de analizar y comprender. En el caso de la ETA vasca, la victimización sigue dominando la arena discursiva y significando las políticas inhibitorias del Estado central.
  6. En enlace con lo anterior, como historiadora, me toca particularmente un debate que este texto reconoce, aunque, por razones obvias, no pueda extenderse en el mismo. Tiene que ver con el dilema historia-memoria.  Como señala Traverso en La Guerra Civil Europea 1914-1945 (2007), el foco exclusivo en la memoria de las víctimas presenta el riesgo de que se mutile la reconstrucción y lectura de un evento o proceso.
  7. Como investigadora en temas de comunicación, tengo que decir que el libro es duro con los medios y tiende a alinearse –sesgo de científicos sociales, quizás– con una visión estigmatizante del ecosistema de comunicación. Hay en muchas de las contribuciones una caracterización de los medios siguiendo la teoría, inconsciente o conscientemente, de la aguja hipodérmica –donde el espectador es una víctima pasiva de las pantallas. Algo de eso hay –los medios adquieren hegemonía cultural desde el modelo de la propaganda de guerra y de la psicología de la turb– pero, no son sistemas cerrados ni instrumentales del todo; hay espacio de maniobra, como dice Dominique Wolton.

Si algo nos enseñan los recientes movimientos de mujeres comenzando con la Marcha a Washington en 2017 hasta las protestas de estudiantes de escuelas (incluyendo elementales) en días pasados contra la cultura de las armas en Estados Unidos, es que los medios y las plataformas de comunicación pueden ser lugares de resistencia, de movilización y de visibilidad de paisajes insurrectos como el título del más reciente libro de Rossana Reguillo, incluyendo los de main stream. Hay opacidad de la buena en las interfaces tecnológicas y las mediaciones de vida de productores y receptores que debemos factorizar en nuestros análisis sobre los medios. Aún en el caso de Puerto Rico donde hemos descendido hasta los abismos en calidad y responsabilidad de los medios, casi sin excepción.

  1. Regreso para el final a dos ensayos con notable cualidad indiciaria. Encapsulan, respectivamente, dos llaves de mi lectura del libro: la melancolía y la utopía. A la autora de uno de los ensayos ya la he nombrado; a la otra, no. Ya verán por qué.  Revisito el ensayo de Amaryllis. A la manera de un ring de lucha libre, como si se tratara de un encuentro entre Carlitos Colón y el truquero Chiqui Starr, el psicoanálisis y el neoliberalismo se enfrentan en torno a un secreto. Colón surcado por las estrías de mil batallas defiende, porque es código de honor y de supervivencia, un secreto al que él mismo no puede acceder ni describir, es inefable; Starr es pornográfico, su pulsión es la del ligón, que se desaten los deseos y que no quede nada que no haya sido visto y viralizado.  Es desborde puro. Con sus malas mañas agarra el diván y le rompe la crisma a Carlitos y expone el secreto que se esparce como trending topic. Sólo queda esperar por un milagro que reconstituya la condición humana raptada con el secreto que Carlitos Colón guardaba con celo y que Chiqui Starr ha convertido en algoritmo one size fits all.  En el ring, sólo queda la melancolía.

La llave de la utopía con la que cierra este libro toma la forma de un milagro en el ensayo de Carmen Luisa González.  No en el sentido del taumaturgo, que es el del portento.  Pero, comparte con el portento, el perfil de lo inesperado. Siguiendo a Hannah Arendt, de quien ha sido fervorosa lectora por muchas décadas, ante la incertidumbre, ante la pérdida, de la condición humana a manos de la violencia, se impone recobrar el secreto. ¿Cómo oficiar el conjuro? Con otra vieja tecnología, tan ancestral como el milagro: el perdón. No el perdón moralino que se asienta en el reino de la muerte, sino aquel que es signo de natalidad, de vida, adviento que anuncia siempre el regreso del Otro, que es, como ya deben haberse dado cuenta, el secreto del diván. Se opera así una cierta parusía, un regreso de la utopía, bajo otra administración, como dirían esos viejos bares de carretera.

 

 

 

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